martes, 11 de enero de 2011

POR UNA POESIA RELIGIOSA Y SACERDOTAL

Texto del P. Camilo Luquin publicado en  Antología Poética Vertice Nº 6, Pamplona, año1954.

Publicamos estas notas sobre poesía que nos manda su autor desde Argentina. Escritas para aquel público creemos que podrán interesar a muchos lectores españoles.
N.R.


Debiéramos tratar de explicarnos de alguna manera por qué los sacerdotes son ahora ajenos a la poesía, en una proporción tan alarmante. Quizás no hemos superado todavía ese viejo concepto de “realizadores de ficciones”, aplicado por los antiguos a los poetas; y aún hay muchos eclesiásticos que arrinconarían con un gesto de desdén cualquier revista de poesía de ahora que llegara  a sus manos. La culpa es, sobre todo, nuestra; y hay que reconocer que no siempre fue así.
Nuestro alejamiento de las disciplinas poéticas, en las que, otrora, sacerdotes como el Arcipreste, Valdivieso, fray Luis y tantos otros, ocuparon puestos de privilegio, tiene su origen en nuestra desconfianza ante la nueva poesía y en la actitud de muchos críticos como el P. Eguía Ruiz, tan perspicaz y maduro por lo demás, frente a los simbolistas españoles de principios de siglo, “pedísecuos” de aquellos otros “glaucos bohemios de allá”, de la “maîtresse”, Francia, sobre quienes escribe páginas mordaces, llamándolos “grey gregaria”.
Muchos sacerdotes y religiosos han publicado libros o han colaborado en revistas de España y América, en lo que va de siglo; pero, excluídos con honor tres o cuatro nombres, ¿quién se atrevería a romper una lanza por ellos?
Sin embargo, tal vez estamos ya dentro de un camino bueno para la poesía sacerdotal. Cada día son más frecuentes esas colaboraciones, y se anuncian aquí y allá algunos de cuyo talento mucho cabe esperar. Pero, a nuestro entender, la mejor promesa se cifra en esa otra poesía a sovoz de una docena de revistas, amorosamente mimeografiadas, de algunos Colegios religiosos y Seminarios de España y América. El solo hecho de su existencia ya es altamente revelador y significativo, y puede ser interpretado también como un auténtico signo del renacer de otros valores espirituales y religiosos. Pero estas presunciones se fundan, sobre todo, en la indudable calidad de esa poesía joven, nacida de desear mucho y de buscar.
Nada más próximo de nuestra impotencia, más cuando tomamos conciencia de nuestro carácter sacerdotal, capaz de aproximarnos a algo muy parecido a la angustia, que nuestro deseo. Y la poesía debe ser eso: deseo, frenesí, pasión en los caminos de la angustia cristiana. Deseo, en el ápice de lo poético, de Dios, brotado de esta entenebrecida inteligencia por el pecado, de este vaivén de tenerlo y no tenerlo, de saberlo y no saberlo.
Poesía nacida de ahí es la que nos está haciendo falta y lo que tal vez ya se anuncia.
Pero no es nada eso de ponerse a definir la poesía, que acaso está tan alejada de la ciencia como algo opuesto a toda ciencia, puesto que versa principalmente sobre el misterio, sobre lo incognoscible, o sea, sobre lo indefinible.
Muchos levantan contra la poesía de hoy, como caballo de batalla, esto de su oscuridad. Pero, ¿puede toda poesía auténtica no ser oscura? Sino que, entiéndase si se prefiere de una manera no demasiado hermética, toda poesía que no sea en cierto sentido oscura parece sospechosa, sospechosa de su misma obviedad y, aunque parezca paradoja, hasta de su artificio; porque es más cómodo calificar de artificioso lo que sólo es menos inmediato, menos directo. Y la artificiosa es aquélla, la de los que van gritando: “clasicismo”, sin saber lo que es el clasicismo, que ésta es sólo más misteriosa, mistagógica, mágica, y más verdadera poesía.
La poesía anda rondando las cosas más arcanas, y es como un titanio centímano, la de ahora, que anda escudriñándolo todo, un poco, qué le vamos a hacer, a hurta cordel con lo que más nos aproxima al conocimiento del misterio 1, de nuestro misterio, y con Dios; porque en muchos poetas actuales, la perfección de ese juego en frío de las palabras, aparece levantado como una suprema finalidad, algo que les dispensara buscar más allá, en donde se entenebrecen.
Y en cuanto a la rima, segundo caballo de batalla, la poesía no es la rima ni el ritmo. Nada se le quita ni se le pone a Rubén por sus versos sin censura, ni por sus quebradas y truncas estrofas a Verhaeren o por sus falsos alejandrinos a cualquier otro, si ellos obedecen a un ritmo interior, y no hicieron poesía para que fuera oída, sino para que fuera percibida, poesía nacida de íntimas iluminaciones, de intuiciones, más allá de las representaciones sensitivas e intelectuales.
Por eso nos parece sospechosa de impotencia toda poesía enredada en excesivas preocupaciones formales, la de los rimadores empedernidos, como la de los libérrimos y cerebrales de las escuelas y las tertulias.
Precisamos una sobreestimación de la función perceptiva, lejos de las vacilaciones y debilidades del pensamiento abstracto discursivo, esa intuición maravillosa que a los santos, como Francisco de Asís, los entregaba a las más expensas realidades sensibles que esconden los fondos de nuestro ser. “El hombre es pleno”, dice Péguy.
Pero esa plenitud del hombre, que Bergson hubiera querido ofrecer a la consideración de la filosofía, tiene su raíz en lo más escondido de nosotros, allá donde todo ese verbalismo lógico de las escuelas, todo ese bizantinismo escolástico llegan apagados, como meteoros penetrados en otra atmósfera, y desarmados merced a los más inefables encantamientos.
Por eso nuestra poesía sacerdotal debe empezar por adecuarse, y por conocer bien su instrumento. Si no han surgido entre nosotros en lo que va de siglo los valores poéticos que normalmente debieran haber surgido, no es sólo por las razones señaladas al principio, sino por otras más profundas.
Los caminos de la gracia tienen muchos puntos de contacto con la poesía, y hasta interferencias en el sentido físico de esta palabra, de las ondulaciones en una misma dirección que se refuerzan y suman su potencia. Ambos ejercicios, el ascético y el poético, se prestan también a los mismos y muy parecidos engaños. Sólo por el recto uso de la libertad, y sin dejar de lado, lo que es muy cómodo por otra parte, ya en el camino de las renunciaciones, ciertas exigencias muy personales y muy humanas o demasiado específicamente nuestras para dejarlas de lado, encontraremos el camino mucho más expedito y libre hacia la difícil facilidad de lo perfecto.
La misión de un poeta religioso no puede ser la de un farmacéutico de formas y de sonidos, ni la de un exhibidor de muestras de colores sino la de un contemplador y la de un contemplativo; porque hay algo ahí fuera y en torno de nosotros que nos mira con sus cien ojos, ocelos diminutos y multiplicados de los insectos o esas grandes pupilas pasmadas de las bestias, y por esa inmovilidad de la piedra, que quisiera decirnos, a gritos, que ella también, a través de sus poros, nos mira, criaturas de Dios que El ha puesto en nuestro camino.
Difícil aprendizaje el de las criaturas: porque sentimos que nos rehúyen, se defienden de nuestra curiosidad, y no vemos en ellas más que esa actitud inmóvil del rostro del animal, o nos deslumbran sus apariencias, si nos acercamos a ellas con una preocupación filosófica de comprenderlas, analizándolas; y son algo como el reverso del espejo que no nos da nada de nuestra propia imagen o nos la desfigura. Por eso, muchos poetas ahora multiplican las imágenes y los símbolos en torno a las cosas que escapan a nuestra facultad de síntesis y de análisis, enredándose más, alejándose más.
Todas las conquistas del pensamiento y todos los hallazgos de la ciencia no son capaces de acercarnos una micra a la comprensión de las criaturas, y sí de acrecentar nuestro orgullo y nuestra vanidad. Pero el poeta, si es un verdadero contemplador, debe serlo, ni siquiera necesita ir a las criaturas, le basta esperar a que ellas vengan, como aquel hombre, por excelencia medieval, y por lo mismo mejor predispuesto, antítesis del hombre moderno, San Francisco, en quien cada brizna de tierra y cada gota de agua volvían a existir, recreados. Necesitamos purificarnos los ojos y el corazón y la mente, es decir, defendernos de la curiosidad, de los apetitos y de nuestras manías de especular y analizar, para recibir limpiamente, en el fondo de nuestra mirada, el rostro vivo de las cosas, esa “gran mirada de animal” del autor de las “Elegías de Duino”.
Los métodos analíticos, necesarios para la comprensión de la poesía, aplicados a la creación poética pueden producir buenos resultados, o al menos están destinados a producirlos, pero no puede supeditarse a ellos algo tan fundamental como la sinceridad, y la vida misma. En muchos de los más grandes poetas la creación ha surgido de la intuición estética; y esa integridad, armonía y luminosidad, condiciones asignadas por Santo Tomás a la belleza, han sido por muchos fielmente reflejadas y aun realzadas por la aplicación de la técnica fonética y estilística – Petrarca, Garcilaso, Góngora -, pero quizás más frecuentemente desfigurada.
Por eso, su poesía nos revela también, y quizás principalmente, el lado de su impotencia, o nos descubre algo como su manera particular de evadirse, de rehuir el verdadero rostro de las criaturas: a Antonio Machado lo sentimos demasiado impedido en sus paisajes naturales, a Jiménez en sus ensoñaciones, a Lorca en sus preocupaciones folklóricas, a Valery y Aleixandre en sus palabras y en sus imágenes, demasiado situados dentro de lo “configurado” en oposición a lo “abierto”, dos expresiones magníficamente definidoras de Rilke.
Indudablemente debe de haber algunos poetas que realizaron, siquiera sea aproximativamente, la noción total de la belleza en la creación poética. ¿Deberíamos citar entre ellos a algunos poetas católicos, y aun sacerdotes, como Hopkins y Verdaguer? Pero la verdadera noción de la belleza creadora, comprensiva de todos sus elementos definidores, y total, sólo la han realizado los santos, puesto que lo religioso es el ápice de lo poético; y de una manera especial, por las especiales condiciones en que se desarrolló su existencia sobre la tierra, San Francisco de Asís.
Él era el verdadero poeta puro – parodia el otro químicamente puro del autor del “Cementerio Marino”-. Su naturaleza de hombre vuelto a su edad primitiva, repugnaba las categorías, las definiciones y las fórmulas. Estaba muy dentro de la sustancia de las cosas, pero muy lejos de los conceptos. Para su suerte, estaba lleno de sabiduría, pero vacío de ciencia. Y, ¿para qué nos sirve la ciencia, después de todo, y la gramática y la retórica sino para embrollarnos, para alejarnos más?, porque “quien añade ciencia añade dolor”, como dijo el Eclesiastés.
Si el arte es una alusión a la vida, fórmula mallarmiana, el hombre que está más allá de las alusiones, más allá de las fórmulas, y que ha acertado a hacer de su vida un poema viviente, revistiéndola además de suprema belleza, ese es el verdadero poeta 2.
Y el primer modelo para nosotros sacerdotes.
Si en el perfeccionamiento poético, exactamente lo mismo que en el ejercicio ascético, se procede por grados, a nosotros, nada puede dispensarnos de esa disposición inicial de la humildad, de la sinceridad y del alejamiento de la vanidad y del egoísmo en que nos envuelven las palabras, tentación caso sobre las fuerzas de los poetas de ahora, y de la búsqueda. Muchos se enredan en sus entretenimientos y se malogran, empeñados en escribir a la manera de uno u otro poeta famoso, Alberti, Neruda o Rilke.
Pero muchos otros han buscado hasta encontrar a Dios y hasta clarificarse en su conocimiento. Unamuno ha buscado. Rilke ha buscado:

            …du Gott, dann brauch ich dich wie Brot.
            Dann brauch ich dich, der Eingeweihter,
            du sanfter Nachbar jeder Noch.

Porque lo necesitaba como el pan, como el suave vecino confidente.
Y para nosotros, ¿puede ser otro el camino de toda poesía? Buscar, recrear, revelar a Dios en nosotros, y mediante su conocimiento, acercarnos a todas las cosas, para clarificarlas y clarificarnos en ellas.
P. BERNARDO DE URBIOLA




NOTAS:

1  Tratando de la poesía a ras del misterio, es curiosa la posición de Alberto Hidalgo en su “Tratado de Poética”, excelente por otros conceptos, al afrontar esa generosa aportación de los católicos a la poesía moderna. ¿Qué maravilla, si su profesión de fe los exige tan contactados del misterio? ¿qué maravilla, si su profesión de fe los exige tan contactados del misterio? Pero, “¿qué será lo que los tiene hundidos en su ceguera, sordos a los llamados de la razón y de la ciencia?”. Si la poesía es imperada por esa irresistible atracción del misterio de nuestro origen, de nuestro ser y de nuestro destino, y versa sobre lo incognoscible, nos alejaríamos de la verdadera poesía preocupándonos mucho de los llamados de la razón y de la ciencia.  Y, luego, ¿quién no ha tenido nunca en su vida la pretensión de hallar la clave de algo? El también, Alberto Hidalgo, tan sustancialmente poeta, respecto de estos tímidos espíritus que no “se atreven a confesar ni a confesarse”. Y su ceguera se debe a un “principio vegetativo, inconsciente y milenario, arribado a su almario desde anteriores generaciones” (¡).

2  Muchos escritores franciscanistas, como el P. Paoli, se tomaron la molestia de emborronar páginas y páginas en revistas especializadas, tratando de probar que San Francisco no fue poeta. Ni falta le hacía, tal como ellos entienden la poesía. Y otros, como Goerres y Guillet, demostraron mejor lo contrario, sin preocuparse mucho de refutar sus razones.

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